Don Omar Herrera tenía una vida, como muchos dirían, completa. Todos sus sueños eran realidad e incluso un premio Nobel relucía en una de las vitrinas de su oficina privada. Tenía una mujer y un varón, ahora mayores, con su primera esposa y tres adolecentes con la segunda, a quien le llevaba veinte años de diferencia. Si, la clásica historia del profesor y una de sus alumnas universitarias. Pero Don Omar nunca sacó los pies del plato. No, el pobre enviudó a la edad de 30 y crió solo a sus dos primeros hijos, al menos durante doce años, hasta que apareció Clarisa, una amiga de su hija mayor, quien desde ese día se inscribió y no faltó a ninguno de (como a él le gustaba decir) conversatorios. Clarisa pudo cavar en la dura corteza que cubría el corazón de Don Omar y, con más de un detalle coqueto, de esos que nos llaman a la mirada, la que siempre terminará por sobre los labios mordidos y el hombro descubierto, pudo arrancar a Don Omar de sus miserables recuerdos y someterlo al tabú de estar con una estudiante. Que excitantes fueron sus reuniones en la oficina y alguna ocasional a finales de clase. Clarisa se las ingenió una vez para llevarlo hasta el armario del conserje. Don Omar se sentía rejuvenecido.
Cuando ella se graduó, el compromiso no demoró en anunciarse y pronto programaron una fecha para la boda. La cantidad de diplomas que había tras su nombre hacían que, a pesar de su edad, fuera el mejor ejemplo de yerno que un padre pueda desear. No tuvo problemas con la familia de la novia. Se casaron, nacieron dos hermosas niñas y un inquieto varón y la vida continuó.
Llegaron miles de trofeos que cada vez volvieron más ostentosa la pared de su escritorio, y su nombre resonaba en todas las universidades del país. Pero Don Omar no era feliz. Él, como todo hombre, padecía de una adicción que muchas veces le impedía tocar el sueño. El conocer y es muy cierto que mientras un hombre sepa más, encontrará más formas de ser miserable.
Para cuando Don Omar alcanzó una edad avanzada, de esas que regalan grandísimos momentos de ocio en los que uno se dedica más que a pensar. Él, llegó a la peor frustración sobre los porqués de la vida. Cada día era uno diferente y más complejo. El internet y la inmensidad de lecturas en su memoria y en su librero, solo le daban más opciones sin salida o con más teorías por recorrer. Su vejes mental se multiplicó por días y el físico no demoró en cambiar. El hombre canoso y de fuerte temple, respetable por todos y que nunca bajó la mirada, ahora no salía de su casa y no apartaba lo ojos del piso. Se veía frágil y anciano. “La vejez le llegó temprano” señaló su madre en una conversación con Clarisa.
Don Omar nunca pasó ninguno de sus pesares con sus seres queridos, además de que no quería que ellos compartiesen eso con él, siempre pensó que no le entenderían, que muchos de ellos les parecerían estúpidos, irrelevantes, “¡A todos les vale mierda los problemas del mundo!”, se repetía, y no podía dejar de incluirse en todos, aunque pronto regresaba a su rutina de pensamiento y constante búsqueda. Fue una madrugada de abril en la que Don Omar disfrutaba de una taza de café, cuando, mientras él miraba el cielo desde su telescopio, sucedió. No llegó a verlo pues todo fue muy rápido, pero un meteorito calló fuertemente e impactó con el lente de su telescopio y terminó por chocar con su ojo derecho.
Para cuando logró recobrar la conciencia, se encontró tirado en el suelo de su oficina y todo le daba vueltas. Poco a poco fue recuperando la vista y la sensación de retumbe en la cabeza desapareció. Se tocó el rostro y notó que no había ningún rastro de lesión. Se puso de pie. “¿Estás bien?”, escuchó una voz familiar detrás de él pero las lágrimas escaparon de sus ojos antes de que pudiese voltear a verla. Era ella. Calló sobre sus rodillas, la emoción le volvió a arrancar las fuerzas. “No me confundas” dijo la voz tras él, “No soy quien tú crees.”
Sin embargo no podía relacionar lo que sucedía con la cantidad de sentimientos encontrados. “¡No!” gritó y la tomó de los brazos, se recuperaba y la miraba de frente “Tú eres mi dulce Ornella, eres tú” dijo y la besó pensando en el recuerdo de aquellos dulces labios que pertenecieron a su primera esposa. Tan cálidos y suaves, pero no eran los que buscaba. Triste, al darse cuenta se separó, miró al suelo avergonzado y luego le dirigió los ojos a su extraño visitante. Ella le sonreía.
“Sentí tu amor” le dijo “Era muy sincero y me reconfortó, gracias, yo también te amo”. Don Omar solo la podía apreciar. “Yo soy lo que tu cultura conoce como ángeles y la razón por la cual me ves así es porque, en orden de llevarte conmigo, te debes de sentir lo más cómodo posible y pues, debes de ver en mi, al ser que más ames y lo acabo de confirmar.”
“¿Quién eres?” preguntó Don Omar esta vez, pero con la mirada que solo tienen los padres. Ahora el rostro de la más engreída de sus hijas le sonreía.
“Es hora de que sepas la respuesta a todas tus dudas, eres de los pocos que han llegado a entender la naturaleza de este mundo y por tanto te debemos de llevar con nosotros, gran parte de la información que posees, aún no puede ser descubierta”. Don Omar bajó la mirada y la dejó. Se dirigió a su escritorio, sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno, hacía mucho tiempo no lo hacía.
“¿De dónde eres?”
“Del inicio del mundo, de un lugar fuera de toda dimensión o parámetro, donde lo único que existe, existe, por siempre y desde siempre” Don Omar le miró y notó el fuego que ardía bajo los ojos del mayor de sus hijos. Giró los ojos luego a la ventana, aún estaba oscuro. “Soy del lugar más divertido” dijo y esta vez el menor se le acercó y le tomó de la mano. “Tienes que decidir” le dijo Clarisa, su eterna compañera y Don Omar apoyó su frente en la suya, como cuando tenía un serio problema.
“¿Y cuándo me iría?”
“Ahora”
“¿Y dejar a todos?”
“No los vas a dejar, a donde vamos te permitirá estar siempre presente, burlarte del tiempo y el espacio, con un solo paso saltaras de estrella en estrella, nunca los dejarás, y ellos allí, siempre vivirán”
“Me acompañarán”
“Eventualmente, si son dignos”
“Lo serán”
“Lo sé” respondió la bella Ornella y le extendió una mano. Un centello de luz iluminó desde la ventana y el antes viejo, fue recobrando su fortaleza a medida que lo iluminaba. Don Omar vio la imagen de su primera novia la tomó del brazo e hizo un gesto positivo.
“Estoy listo” dijo y así dejó este mundo.
Tal vez Don Omar solo se fue en lo que conocemos como alma o tal vez a mitad de camino dudó o se dio cuenta de que no era realmente digno. En fin, dejó un desastre sobre la vereda del edificio y desde donde alguien lo pueda ver, esto no es más que un suicidio. Yo solo tengo algo por limpiar y un telescopio roto, no hay rastros de forcejeo. Es gracioso, lo único reconocible es su sonrisa.
Es muy difícil de explicar este tipo de casos a los familiares, aparentemente sin motivo ni lógica. Con una sospechosa participación de terceros y solo polvo como rastro. A veces creo que ellos simplemente vieron algo que nosotros no podremos ver aún.
Tomás Caleteano, Detective de la PNP/ Área de Suicidios y Homicidios.
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