En una pequeña provincia al norte del país, vivía Elsa de Quijote y Muñoz. Una bella dama de unos 40 años, que había dedicado toda su vida a las labores sociales locales y ahora trabajaba en la municipalidad como secretaria. Sin embargo ella no necesitaba del dinero, su marido, don Tomás Quijote y Muñoz, trabajaba en una petrolera de por allí, y pues ganaba lo suficiente y hasta más.
Un día doña Elsa entró a la nueva tienda de ropa que había abierto en la calle 42 y Juanito, el encargado de quince años, quedó impactado por su belleza. Tal vez fue la imaginación del joven o las mañas coquetas de la mujer por conseguir descuentos, lo que hizo que Juanito pensara que ella se sentía atraída por él. Y así el muchacho se ilusionó.
Pasaron los días y doña Elsa regresó repetidas veces. Juanito luchaba cada vez más por contener su deseo viril, que saltaba a la vista de cuando en cuando. Hasta que una mañana, decidió averiguar más sobre aquella señora de la que solo sabía el nombre. Sin embargo, no podría preguntar así no más, tendría que ser cauteloso al elegir sus palabras, pues en aquel lugar, todo lo que uno dijese podía ser usado en su contra, “La ley del raje y la chismiseria.”
Juanito, que era nuevo en el pueblo, tomó la decisión más inteligente que se le pudo ocurrir y se dirigió al mercado. Punto y reunión de toda la información que pueda pasar por los oídos de la gente. Compró un kilo de papas y, convenientemente, se le escapó el nombre de doña Elsa, al mencionarla como compradora de buen gusto. La señora de las papas rió fuertemente y mientras preparaba el pedido del muchacho, empezó a conversar con una más de sus clientas.
-¿Te acuerdas casera?
-Me acuerdo casera.
-Ay la Elsita, linda la Elsita, cómo era de chiquilla.
-Ay caserita un angelito, un angelito era, pero mira como terminó ch.
-Ay casera…
-Ay caserita si volvió loco al marido.
-Ay si caserita, loco, loco está ese hombre, le deben de llevar a psicólogo oye, la mujer le a traumado.
-Ay caserita, pero si dicen que han tratado y tratado y nada. Ay pobre hombre, ya no se recupera caserita. Pero eso es por la Elsita pues, cómo hizo la Elsita, ¿te acuerdas?
-Ay me acuerdo Caserita, me acuerdo, que terrible, terrible muchachita. Pero ya vez, el Papá Lindo no perdona caserita.
-No perdona Caserita.
-Si le desobedeces sus mandados te castiga.
-Ay pero Caserita quien le manda a la Elsita a abrirle las piernas al doctor.
-Ay Casera….
-Casera…
-Pero ya ves caserita, eso es cuando uno no contiene sus deseos pues.
-Si Caserita, hay que Diosito me libre, no vaya ser que uno de mis hijos me salga así, ch.
-Así Caserita como dicen frimain.
-Eso caserita, eso,… Ay que terrible caserita, Dios me libre, Dios me libre.
-Ay si caserita. Aquí tiene caserito, cuando vea a doña Elsita le dice que pase por donde su casera de las papas pues, que hace tiempo ya que no viene, ¿sí?
Juanito recibió las papas, asintió y se marchó. Su ímpetu y adolescencia descifraron por él, lo que las dos señoras conversaron. Doña Elsa de Quijote y Muñoz era una tramposa, y él sería su próxima víctima. El muchacho no podía evitar dar uno que otro salto de gozo al caminar. Y durante toda la noche se llenó de placer imaginándola a su lado.
Al día siguiente Doña Elsa llegó a la tienda. Juanito ya se había preparado. La más costosa fragancia de su padre, la primera afeitada del bozo, la crema sobre los barritos, un par de cepilladas de dientes y ni pensar en fumar, el pelo empapado en gel y el terno más elegante que pudo encontrar en su tienda. Parecería mentira decirle esto a quien conociese a Juanito, pero el muchacho se veía bastante bien.
-Buenas tardes señora.- saludó Juanito con una gran sonrisa y una torpe voz seductora.
-Hola Juanito- le respondió doña Elsa. -Qué buen mozo.
-Gracias,… es para alguien especial.
-¿Especial Juanito?- inquirió y le acercó el rostro -A ver, cuéntame- le dijo en un susurro y Juanito izó bandera “¡Arriba Perú!”
La miró y se le acercó al oído. El muchacho se mostraba algo tímido. A la mujer le encantaba oír las historias de los jóvenes enamorados, y pues, prestó mucha atención.
-Es alguien que viene seguido a la tienda y que es muy bonita, pero es mayor que yo.
-Pero Juanito mírate, si ya eres todo un caballerito y hasta un galán.
-¿Usted cree?- preguntó el muchacho sonrojado, después de volver a su sitio detrás del mostrador.
-Pero claro- dijo y le tomó de la mano. -Mírate muchachito, pero si eres precioso- Juanito sentía como lo seducía y se sonrojó aún más.
-Usted sabe quién es- afirmó.
-¿Yo?
-Aja.
-Hm…, no Juanito, yo no sé.
-Ya pues no se haga- el muchacho empezó a mover su pierna derecha de un lado a otro.
-En serio Juanito.
-Yo la entiendo, yo ya sé- ahora movía la izquierda.
-¿Perdón Juanito?
-Sí, yo sé cómo fue, yo sé lo que pasó y la comprendo.
-¿De qué estás hablando Juanito?
-Ya pues, no se haga- dijo y ahora refunfuñó un tanto.
-¿Qué es lo que sabes Juanito?- Juanito le hizo un seña para que se acercase, y ella, confiada, pero extrañada, lo hizo.
-Se lo del doctor y que él está loco por tu culpa, y que tú quieres conmigo así que ven mamita linda- susurró Juanito y se lanzó sobre ella por encima del mostrador. La tomó fuertemente por los lados del rostro y, sin darle tiempo a reaccionar, la besó.
-¡Juanito!- gritaba la mujer desesperada, mientras sacudía el rostro en busca de aliento. Pero el muchacho lo volvía a encontrar -¡Juanito!- seguía gritando, y la madre del fogoso joven apareció por la puerta del almacén.
-¡Juan Zapata!- exclamó y el muchacho soltó a su víctima. Doña Elsa huyó del lugar, humillada y horrorizada, botando lágrimas por doquier.
La madre de Juanito le reprendió fuertemente, y luego (pues ella sabía de la vida privada de todos sus clientes) le contó sobre el pasado de Elsa de Quijote y Muñoz.
Juanito se enteró, e imaginen su vergüenza, que la mujer (que él pensaba como tramposa), era, bastante fiel. Y no solo eso, el problema en su matrimonio era su infertilidad y a mediados de este, gracias a una inseminación artificial, había logrado embarazarse de mellizos, una parejita. Sin embargo en el pueblo, aquel acto, era considerado un pecado gravísimo y hasta maldito. Y para cuando los bebes nacieron, estaban enfermos y solo vivieron durante dos semanas. Esto volvió algo loco a Don Quijote y Muñoz, y fue bastante violento por un tiempo, aunque ahora estaba algo tranquilo (dicen), pero sus borracheras son peligrosas. De ahí en adelante Juanito rogó todos los días por no encontrarse con él.
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